Nos lo merecemos
Definitivamente, nos merecemos a nuestra clase gobernante.
Lo digo en serio. Es una afirmación que no dice mucho a nuestro favor como electorado, pero es lo que hay. Nosotros les elegimos, nosotros les votamos.
En el fondo ver un debate en el congreso es como ver una carrera de fórmula 1 o un partido de fútbol de primera división. El personal ya ha escogido a quién anima, a alguien que, habitualmente es millonario y tiene un planteamiento de vida que la gente de a pie no podemos ni imaginar, por las razones que sean. Pocas de esas razones son realmente racionales. Las emociones son más profundas y encima no hay necesidad de explicarlas. Un chollo vaya. Luego vuelvo sobre esto.
Pero a lo que vamos. Un político es, salvo excepciones, mucho menos rico que un piloto de F1 o un jugador de fútbol de primera, pero tiene en común con éstos que es un personaje público y lúdico. La política, o mejor dicho, los actos y discursos que llevan a cabo los políticos de este país, es algo sobre lo que no se suele reflexionar pero que sin embargo se puede debatir enconadamente en la barra del bar. Es esto último lo que le da el componente lúdico al asunto. En parte entiendo a este pobre pueblo; a fin de cuentas pocas de las cosas que se dicen en el congreso o el senado atañen a los ciudadanos de forma directa. Las pocas veces que no se están tirando los trastos a la cabeza entre ellos lo que hacen es hablar de leyes y de derecho. Un rollo vaya.
Pero hay algo más grave aún, y es que de vez en cuando, cuando se desea que algo se debata en la calle (eufemismo para decir que se desea agitar a la opinión pública a favor o en contra de alguien), se pone el foco en algo y entonces... ay entonces. De repente todo el mundo se conviere en experto en leyes, entiende hasta el meollo de la cuestión y no sólo eso, sino que además tiene la solución. Es fantástico, como si fuésemos un país de ciudadanos tan cultos como en el pueblo de "Amanece que no es poco", pero que como tenemos otras preocupaciones, dejamos que los más tontos del pueblo sean el alcalde y los concejales. Pero esa no es la realidad. Lo que hacen, con notable ingenio por cierto, es apelar a los sentimientos de su electorado, introduciendo sutilmente el mensaje de que no sólo ellos tienen razón sino que lo que hacen es Lo Correcto. Así, con mayúsculas. Ergo los que no opinen igual, pobres de ellos. Serán objeto del desprecio más absoluto, arrojados a la hoguera sin siquiera una posibilidad de explicar su punto de vista. Porque lo de los puntos de vista es de enteraos y de cobardes. Sólo hay dos puntos de vista: el mío y el equivocado.
Yo soy un hijo de la democracia, de manera que ignoro de primera mano si esto ha sido siempre así a través de las épocas. Tampoco es importante por otro lado. Pero mirando cómo somos y el papel que hemos tenido a lo largo de la historia me inclino a pensar que un gobernante español es sólo una figura, alguien de quien admirar el porte, la facilidad de palabra, lo seguro que parece cuando habla. Y, por supuesto, alguien a quien poder echar las culpas si las cosas no salen como pensábamos. Huelga decir que con este plantel, lo profesional y preparado que pueda estar pasa a un tercer plano. Queremos a alguien que quede bien en las fotos, que eche toda la porquería que pueda a los adversarios y que de la sensación de que tiene todo atado y bien atado (de qué me suena esto...). Lo que me extraña es que ningún torero se haya metido en política. Con unas cuantas clases de dicción arrasaría. Cuántas de las virtudes admirables en un torero, ese pundonor, esa valentía, ese arrojo, ese porte, querríamos en un político. Bueno, salvo los catalanes claro, ellos ya han dejado claro que no, que prefieren un prestamista. Nadie puede negar que son listos.
No tenemos consciencia de pertenecer a un estado de 45 millones de personas. Tenemos el horizonte en nuestro barrio y en nuestra gente. País de catetos madre.
Y ahora que me he quedado a gusto con este exabrupto, a ver si consigo armar algo consistente. Intentemos definir los factores que han permitido que tengamos la clase política que tenemos.
Este país es complejo porque es heterogéneo. Cuenta con varias regiones donde hasta al clima varía, así como la gastronomía, las relaciones interpersonales, y la forma en general de ver el mundo. No son regiones demasiado extensas porque España tampoco es muy grande, y las más grandes de éstas, como las dos Castillas, tienen poca densidad de población. Este y otros factores históricos explican en parte la tendencia a ocuparse sólo de los propios asuntos que tenemos los españoles. Es obvio que esa tendencia determina la visión que tenemos del Estado y de su organización, que no es otra de una visión localista de algo que no lo es y que no puede ser entendido a menos que se abandone esa perspectiva de ojo de cerradura. Pero este es un primer factor importante: el Estado nos es extraño porque en esencia no lo entendemos ni entendemos su razón de ser.
Pero hay otra cosa que sí sabemos: que pagamos impuestos, que el estado se sustenta con nuestro dinero. Y que, por tanto, lo suyo es que ese dinero nos sea devuelto de alguna manera, sea mediante servicios e infraestructuras o mediante posibilidades para satisfacer nuestras necesidades. Esta afirmación, rotundamente cierta por otro lado, esconde un peligro si se mira desde una perspectiva local: el convencimiento de que, puesto que le pagamos nosotros, tenemos derecho a pedirle lo que queramos al estado y el deber del estado es cumplir ese deseo. Este es el segundo factor importante.
Estas dos razones bastan para explicar por sí mismas porqué los candidatos regionales que ganan son aquellos que prometen al electorado obtener más prebendas del gobierno central, pero aún hay más. De todo lo anterior se desprende que un gobierno español compartimentado tenderá a potenciar la aparición de líderes regionales fuertes, los cuales, merced a las competencias autonómicas y al voto de la población, cuentan con un rango de acción bastante amplio. Si a esto le añadimos la circunstancia actual en la que el poder se reparte entre dos fuerzas mayoritarias (PSOE y PP) asistimos al nacimiento de las baronías de uno u otro bando.
Todo esto se traduce en un tercer factor: la población adscrita a una visión localista del estado, a la hora de emitir el voto para un gobierno regional o local, presenta una fuerte tendencia a dar más peso al político que al programa que defiende, de valorar su imagen y sus promesas de conseguir más ventajas del gobierno central en vez de exigir una explicación de las razones por las que debería ser votado. En definitiva, y poniéndome in situ, nos gusta más el carisma que la profesionalidad y la formación de nuestros líderes; y no porque valoremos poco esas virtudes, sino porque no nos molestamos en buscar elementos de juicio para poder medirlas. Acerca de esta falta de curiosidad (típica y tristemente hispana) tengo que escribir también, pero no nos desviemos. La regionalidad o localidad del candidato es importante porque esta perspectiva del votante, a pesar de no excluir a priori al resto del estado, se circunscribe a la región o a la población por ser entidades manejables y conocidas de primera mano por él. Si el candidato consigue transmitir al electorado una sensación de comunión con la tierra que aspira a gobernar tendrá muchas posibilidades de salir elegido.
Teniendo todo esto en cuenta es fácil adivinar que alguien que llega a ser dirigente regional ya ha hecho la parte más complicada del trabajo, que es obtener la confianza de los electores. A poco que sepa presentar las acciones de su partido como éxitos y no cometa errores de peso, podrá estar en el poder tanto tiempo como desee. Ayuda en eso otro factor, también típica y tristemente hispano, que no es otro que la tendencia a ver con escepticismo cualquier cambio que sobreviene si no se percibe un peligro o razón de peso para ello. O lo que llamo el síndrome "si tira, no lo toques", o, por usar algo más clásico, "mejor no meneallo". Con esto no quiero decir que el electorado no sea capaz de votar por el cambio (sobrados ejemplos hay de ello, tanto a nivel regional como estatal), sino tratar de definir la única motivación para que sobrevenga ese cambio.
¿Y qué motivación única puede ser esa? Pues, evidentemente, el castigar a un dirigente que lo ha hecho mal. No castigarle por no hacerlo bien, pues hemos visto que con no hacerlo mal es suficiente para mantenerse arriba, sino por haberlo hecho mal. Éste, y no otro, es el único fulcro de la palanca que puede en este país desalojar a un gobierno y poner otro. Ha aparecido el voto de castigo en escena.
Las implicaciones de esto son variadas y preocupantes. Dejando aparte juicios aparte de nuestro valor como electores, hay algunas que marcan el comportamiento actual de nuestra clase política. Veamos algunos de ellos:
- La metamorfosis del partido de oposición en una plataforma de crítica destructiva: Resulta obvio que, resultado de todo lo anterior, el principal partido de la oposición percibirá que el único camino que lleva a ganar las elecciones pasará por presentar todas las acciones del gobierno como actos ineficaces o perjudiciales, en el intento de transmitir una sensación de fracaso de dicho gobierno. Uno de los principales actores del juego democrático guarda el cerebro y saca la ametralladora dialéctica, lo cual le impide, salvo honrosas excepciones, congeniar o pactar nada con el gobierno. Es muy triste porque en democracia, un gobierno necesita una oposición responsable. Pero sigamos.
- El traslado del mal clima político al votante: Evidentemente un clima político agitado dificulta, cuando no impide, el debate y el consenso, vitales para un gobierno democrático. Ese clima enrarecido, merced a los distintos medios de comunicación y con fines electorales, se traslada a la población, la cual ve incentivada su tendencia a contemplar al votante de signo contrario como un enemigo, como alguien digno de desprecio. Así el ambiente político, que debería siempre basarse en la crítica constructiva y en el libre intercambio de ideas, se envenena cada vez con más facilidad
- La percepción del voto útil y no útil: De las cosas que más daño le hacen a una democracia. Esto denota una profunda falta de fe en el sistema democrático español, pues implica la percepción de los grandes partidos políticos como únicos garantes de estabilidad y la gobernabilidad. O, dicho de otro modo, es preferible una pelea entre dos por ser algo manejable a una pelea entre veinte. Esta percepción también va indisolublemente vinculada al voto de castigo que mencionaba arriba; los votantes no buscan una alternativa que vaya acorde a sus ideas porque perciben esos votos como perdidos, y total, lo que se busca en definitiva es que no ganen los del otro signo, de manera que se escoge votar a la fuerza mayoritaria más afín. Una corrupción, en definitiva, del espíritu constructivo que debería ser la médula del derecho de sufragio universal, que tanto esfuerzo, sangre y lágrimas ha costado conseguir.
- La metamorfosis del gobierno en una contra-oposición: De perogrullo. Defenderse de los ataques de la oposición mediante el contraataque pasará a ser la prioridad absoluta del gobierno, pues él tambien sabe que la única palanca para desalojarle del poder pasa por un cambio en una opinión pública tendente a votar "en contra de" en vez de "a favor de". El gobierno azuzará pues a su electorado para que vote en contra de los que votan en contra de él. De esta manera las elecciones se convierten en una contienda donde los que votan en contra de alguien son multitud. Este es el paso final. Se ha logrado pervertir todo el sistema democrático.
Así pues, en resumen:
- Factores de inicio: percepción localista del Estado y desconfianza ante los cambios.
- Resultado final: un gobierno que no gobierna, una oposición que no hace oposición, y un electorado dividido que vota para que no salgan los de enfrente.
Ahora, que cada palo aguante su vela.